Me pinta hablarte todo el tiempo. Pero bueno, no quiero complicarte la vida tampoco. Van unas líneas que había escrito ayer durante la guardia, por lo que habíamos hablado a la tarde.
No terminé pero bueno, algún día lo sigo si pinta.
Era una bolsa repleta de nervios. No te pensaba hablar a la tarde si vos no lo hacías. Me parecían una genial idea todas y cada una de las excusas que tenía en la mente para evitar verte. Más bien, para evitar que vos me veas a mí. Por todo, porque no soy tan valiente, porque estoy con la mente llena de inseguridades, porque eras el primer “desconocido” (por decirlo de alguna manera), después de muchos años de un conocido que no supo despertarme lo que vos en simples líneas, en muchas palabras por teléfono, me despertaste en ese tiempo previo. Porque no tenía ganas de sumar gente a mi lista de decepciones. Y aunque sabía que la íbamos a pasar bien, porque tenemos buen diálogo al margen de todo lo sexual que el encuentro implícitamente implicaba, era más mi miedo de no estar a la altura, que de que vos no llegaras a estarlo. Porque no tenía interés en darle a alguien el poder de hacerme pasar vergüenza, o una situación incómoda.
Y con todo esto en mi cabeza, con todos los nervios que todo esto me generaba, con todo lo que se traducía en mi cuerpo (sí, me temblaba hasta el alma), me tome un taxi para ir a tu encuentro después de tus mensajes y tus audios diciéndome dónde encontrarnos.
Y te vi. Y casi me desmayo.
Otra vez por todo, porque somos compañeros de laburo, porque no puedo entender aún qué es lo que tanto te atrae, porque sos casado, porque me pareces un hombre hermoso, porque no me sentía segura de gustarte, al menos no físicamente. Porque no tengo el cuerpo de Xxxxxx, ni tiro flores como Xxxxxxx, ni soy simpática, ni dulce, ni ninguna de esas cosas que mueve a los hombres hoy ni nunca. Y no hablo desde la falsa humildad, sé todo lo que tengo y sé que no paso desapercibida, pero no atraigo a los hombres que me interesan porque tampoco me interesa cualquier hombre. Porque me parecía una total locura haber decidido tomarme un vuelo al otro día, y visiblemente estoy loca, pero no sabía que tanto.
Otra vez por todo, porque somos compañeros de laburo, porque no puedo entender aún qué es lo que tanto te atrae, porque sos casado, porque me pareces un hombre hermoso, porque no me sentía segura de gustarte, al menos no físicamente. Porque no tengo el cuerpo de Xxxxxx, ni tiro flores como Xxxxxxx, ni soy simpática, ni dulce, ni ninguna de esas cosas que mueve a los hombres hoy ni nunca. Y no hablo desde la falsa humildad, sé todo lo que tengo y sé que no paso desapercibida, pero no atraigo a los hombres que me interesan porque tampoco me interesa cualquier hombre. Porque me parecía una total locura haber decidido tomarme un vuelo al otro día, y visiblemente estoy loca, pero no sabía que tanto.
Tu perfume me llegó hasta el centro de los huesos. No sabía qué pensabas, no me mirabas, me hablabas mirando la calle, la gente, el teléfono. Y lo que yo pensaba era “listo, duermo en la plaza”.
Hablamos de laburo, nos perdimos, te miré tanto en esas cuadras. Al margen de mi pensamiento de que iba a dormir en la plaza, no iba a perder un segundo de verte, de mirarte entero. Total, de última no nos volvíamos a hablar en la vida y listo.
Hablamos de laburo, nos perdimos, te miré tanto en esas cuadras. Al margen de mi pensamiento de que iba a dormir en la plaza, no iba a perder un segundo de verte, de mirarte entero. Total, de última no nos volvíamos a hablar en la vida y listo.
Y llegamos al bar. Y no era el Antares que yo conocía, era otro, con menos privacidad de la que hubiera querido. Y elegí la que me pareció la mesa más escondida, sin saber que arriba había más mesas, más lugar, menos gente. Y recién ahí me clavaste la mirada, y te la sostuve aunque por dentro me derretía, me sentía más insegura todavía.
El hombre que durante tanto tiempo me hablo al oído, me escuchó decir tantas cosas, que jamás pensé que hubiera podido decirle a alguien, con la confianza de la lejanía, y lo imposible de encontrarnos, estaba ahí enfrente mío, mirándome fijo. Me parecía otra vez una locura tenerte enfrente, me enloquecía totalmente tu voz, tu mirada, tu boca, tus manos, tu todo.
El hombre que durante tanto tiempo me hablo al oído, me escuchó decir tantas cosas, que jamás pensé que hubiera podido decirle a alguien, con la confianza de la lejanía, y lo imposible de encontrarnos, estaba ahí enfrente mío, mirándome fijo. Me parecía otra vez una locura tenerte enfrente, me enloquecía totalmente tu voz, tu mirada, tu boca, tus manos, tu todo.
Ni sé de lo que hablamos, o sí, pero tengo todas las historias mezcladas, mi mente no puede seguir el hilo de todo lo que recuerdo.
Sé que en un momento me dijiste algo así como “a ver, qué era todo lo que tenías para decirme?” y puse marcha atrás y no pude decirte nada de todo lo que pensaba. Hasta que a vos se te escapó un hermoso “te cojo toda” y yo solo atiné a contestarte “yo también” (bastante cobarde de mi parte). Hablamos del laburo, de la vida, te vi reírte, te vi ponerte triste. Me rozaste la mano y me encendiste toda. Me pediste un beso en el cachete, te quise besar y NO QUISISTE. Ahí volví a poner marcha atrás y a quedarme en el molde. Hasta que vos no movieras la primera pieza, de este juego de ajedrez bastante retorcido, de mí no iba a salir nada. Y te susurre algo al oído, no recuerdo qué fue, con gusto podrías refrescarme la memoria. Y te acercaste y me besaste. Tan suaves tus labios, tan rico tu aliento, tu cara rozándome. Me sentí una adolescente otra vez, pensando en lo lindo de tus labios. Pensando en cómo podría aguantarme de darte un beso desenfrenado.
En este momento estoy pensando, que escribirte todo esto es una pelotudez. Que es exactamente todo lo que me pasó, lo que me hiciste sentir, pero que odio esta vulnerabilidad de la sinceridad extrema.
Flaco, no nos conocíamos.
Bajamos a fumar, te seguí mirando. Te miré desde todos los ángulos que pude. No sé si te han mirado tanto en tu vida, pero como yo te miré, dudo que muchas. Te deseaba tanto.
Y volvimos al bar, nos seguimos besando esporádicamente y en cada vez, venía la moza. Ya no la toleraba jaja. Y saliste con ese comentario, ESE que le hiciste a la moza. Y confirme que te falla la cabeza a vos también. Cuando vino a interrumpirnos por última vez, yo estaba muy segura de seguir tomando cerveza, a ver si en algún momento me entraba la valentía o en el peor de los casos me hacía efecto el alcohol, pero vos le pediste la cuenta. Y sabía que se acercaba el momento de tenernos vos a mí, y yo a vos, solos entre cuatro paredes, entre kilos de nervios, entre mares de fuego, pero con la intriga de si íbamos a realmente pasarla bien. En el camino me dijiste que me quede, y confirme mis sospechas de que estás loco. Cómo me vas a proponer eso? No ves que yo estoy loca también? Que sabías si íbamos a funcionar de alguna manera positiva? Que sabías si no era todo una grandísima mentira que inflamos con palabras desde el primer día? Que sabías si te iba a gustar estar conmigo? Me volviste a llenar la mente de preguntas. Y la respuesta a si me quería quedar, ya desde ese momento era “Si”. Pero no me pareció en ese momento una genial idea. Es el gran arrepentimiento que tengo ahora.
Esas payasadas de moverte como un loco mientras estábamos a la vuelta del hotel, me relajaron un poco, me hiciste reír, siempre te dije que para mí la risa es esencial, incluso con alguien a quien iba a ver por un puñado de horas.
Me diste instrucciones precisas de cómo entrar al hotel. Y jamás tuve tanta seguridad como cuando te dejé hablando solo y me fui al ascensor con un tipo que finalmente se bajó en el quinto. Y te esperé un minuto en el pasillo, buscando la escalera para escaparme, pero llegaste antes de que pueda poner en práctica mi plan.
Pusiste la tarjeta al revés, otra vez me hiciste reír. Creo que recién ahí noté que vos también estabas nervioso. O lo disimulas muy bien, o la verdad no sé.
Creo que ahora viene la parte acerca de la que me pediste que escriba, perdón por tan larga introducción. Escribir me parece fascinante, y creo que me expreso mejor escribiendo que de cualquier otra manera.
Lo único que quería era meterme a la ducha y ahogarme, o resbalarme y romperme la cabeza contra la bañera. Seguía insistiendo en mi mente que cualquier cosa era mejor a tener que estar desnuda enfrente tuyo. El baño no tenía ventana, imposible escapar.
Y te vi ahí, parado en el medio de la habitación, de las dos camas de una plaza. Haciendo no sé qué, haciendo nada creo, pero con cara de yo también me quiero escapar. Me causó mucha ternura. Y me acerque a vos, y me corriste el pelo y empezaste a besarme. Creo que no hubo mejor manera de demostrarte lo excitante que sentí tu beso, más que con lo agitado de mi respiración mientras me acariciabas toda mi lengua, toda la boca, con la tuya. Todo el cuerpo con tus manos. Tus manos en mi nuca, es algo que no puedo borrar de mi mente. Se me salía el corazón por la boca, no sé en qué momento me pediste la mano para que la apoye contra tu pecho, se nos salía a los dos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario